EL POETA QUE NOS HIZO LLORAR

 Por Homero Carvalho Oliva

La literatura ha sido y es generosa
conmigo, por eso intento devolver lo que me da. El año 2010 fui invitado al
Festival Internacional de Poesía de Medellín, uno de los más grandes del mundo.
El Festival lo organizan los poetas de la revista Prometeo, entre ellos Fernando
Rendón y Juan Diego Tamayo y ese año celebraban su vigésimo aniversario, 20
años de convocar la poesía para devolverle el alma a su ciudad que décadas
atrás estaba arrasada por el dolor; ellos hicieron de Medellín una ciudad
poética; hicieron de la poesía un culto masivo, a su gente le gusta escuchar
poesía y a los poetas nos brindan un trato preferencial, nos hacen sentir
amados, que es lo que, en el fondo, queremos quiénes escribimos poesía. Ese
año, en particular, fuimos invitados más de cien poetas de los cinco
continentes, el hotel donde nos hospedaron ese convirtió en una torre de Babel
en la que se hablaba más de veinte idiomas. Durante diez días leí, junto a
otros poetas, en centros culturales, bibliotecas públicas, auditorios de
universidades, diez días de hermandad poética que tejió lazos que se mantienen
hasta el día de hoy con muchos de ellos.

Un día leí con U Sam Oeur, poeta
nacido en Camboya en 1936, que había sobrevivido más de cuatro años a los
crueles campos de concentración del sangriento régimen de Pol Pot, fingiendo
ser un campesino analfabeto, por lo cual tuvo que destruir los manuscritos de
su obra literaria. U Sam Oeur, publicó, entre
otros libros Sacred Vows, en inglés y
Kmer; de este libro el poeta Arun Gandhi afirma: “Como el bello lirio que tiene
sus raíces en el fango, la poesía en Sacred
Vows
, es la voz de un corazón afligido emergiendo de la sangre y la cornada
de la violencia. Un libro que todos los constructores de la paz deberían leer”.

U Sam Oeur, el poeta sobreviviente
leyó en su idioma, mientras un traductor iba traduciendo las estrofas de su
poema al español; a medida que U
Sam Oeur leía, percibíamos que contenía el aliento, buscaba fuerzas para continuar;
yo escuchaba el poema en ambos idiomas, en uno sentía la congoja y la
impotencia y en el otro las palabras confirmaban en dolor; sentía que mi
angustia crecía y crecía, como un río buscando el mar; miraba a mis hijos Luis
Antonio y Carmen Lucía, que me habían acompañado a Medellín, los miraba y me
miraban con un gran amor que se iba convirtiendo en lágrimas que caían de
nuestros ojos en medio de una tarde sincera en un parque de Medellín. Nosotros
y el público lloramos como familia que ha perdido a alguien muy querido,
lloramos de impotencia y de tristeza. El poema todavía respiraba cuando el
traductor leyó el último verso. Lloramos. He aquí el conmovedor poema que lo
encontré en el mundo virtual y mi dolor fue otra vez real.

LA PÉRDIDA DE MIS
MELLIZAS

 En una noche
profunda de octubre de 1976

cuando la luna estaba llena

y hacía un frío que calaba los huesos,

Empezaron los dolores de parto de mi esposa.

Busqué una cama, pero eso era pensar con el deseo;

me sentí muy impotente. Aparecieron dos parteras:

una se acuclilló sobre el vientre, y después hizo
fuerza

mientras la otra metía las manos y sacaba de un tirón
a las bebés.

¡Qué dolores tuvo que soportar mi esposa

cuando dio a luz a la primera bebé!

“Muy bonitas eran, como yo quería, pero esos
desalmados

las ahogaron y las envolvieron en plástico negro.

“Dos bebés bonitas…

¡Buddoh! ¡No pude hacer nada para salvarlas!”,

murmuró mi madre.

“¡Aquí tiene, Ta!”: las parteras me dieron los atados.

Postrado como si estuviera entrando al infierno,

tomé las bebés en mis brazos,

las llevé a la orilla del río Mekong,

y mirando fijo la luna, aullé:

“¡Oh, bebés, nunca tuvieron la oportunidad de madurar,

sólo sus almas me miran ahora desde allá arriba.

Su papá nunca las vio vivas, niñas…

perdónenme hijas, las tengo que dejar aquí.

Aunque voy a enterrar sus cuerpos aquí,

ojalá sus almas me guíen y velen por su madre.

Guíennos en esta selva

y ábrannos camino hacia la Triple Gema”.

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