Expresar la Siringa

Acaba de republicarse Siringa. Memorias de un colonizador del Beni (1946), de Juan Coímbra.

Por Ricardo Aguilar Agramont Periodista   (Ensayo publicado en Página Siete, en julio de 2017

Si la expresión de los hombres creados por las divinidades mayas fue
determinada por su alimento (Popol Vuh), la expresión de los cruceños lo fue
otro tanto según el juicio del narrador-personaje de Siringa. Memorias de un
colonizador del Beni (1946), de Juan Coímbra.

Expresa lo inexpresable

En La expresión americana, dice Lezama-Lima interpretando el Popol Vuh:
«La simbólica que se desprende del Popol Vuh, parece como si fuese a
colmar el problematismo americano. Mientras el espíritu del mal señorea, los
dones de la expresión aparecen lentos, errantes y somnolientos. Antes del
surgimiento del hombre, le preocupan los alimentos de su incorporación. Parece
como si preludiase la dificultad americana de extraer jugo de sus
circunstancias”. Este problematismo, explicará luego el cubano, consiste en
cómo los americanos expresan la imagen (imago) de su paisaje, de la tierra que
los alimenta.

El narrador-personaje de Siringa (reeditado por la Biblioteca del
Bicentenario de Bolivia) parece estar inmerso en ese mismo conflicto: ¿cómo
expresar la Siringa, ese territorio tan ajeno para ese colonizador cruceño que
viaja a las tierras de Mojos?

Como si Coímbra y Lezama hablaran de la misma contrariedad, el narrador del
libro dice: «Santa Cruz de la Sierra, ciudad fundada por los más
temerarios conquistadores, alimentados de carne como los pastores de Sierra
Morena, fue un pueblo de lanzas y arcabuces, un pueblo guerrero y conquistador.
El transcurso de tres y medio siglos de paz le hizo volver los ojos a la
tierra, tornándolo agricultor. Y alimentado ya de frutas se convirtió en pueblo
nocturno, en el pueblo de las guitarras y las coplas”.

Mientras los habitantes de esas tierras se alimentaron de carne -parece
decirnos el narrador- no miraron más allá de la guerra, no apreciaron el
paisaje que los rodeaba, menos intentaron darle una expresión. Es como si sólo
la sustitución de mollejas por frutas los hubiese hecho reparar en su entorno
y, aún más, les impelió a que expresen tal paisaje con sus guitarras y coplas.

Pues más allá de los modestos límites que se pone el narrador como objetivo
(«Permítasenos enunciar solo las disciplinas sociales y políticas de estos
pueblos [de Mojos], sin entrar en su interpretación, que dejamos a mentes
capacitadas para ello ya que, por otra parte, este libro sin pretensiones
-páginas de heroísmo civil- está dictado por la contemplación y el recuerdo,
antes que por la creación en su sentido trascendental”), está claro que el
libro los excede, tornándose  relato de la problemática de cómo narrar ese
paisaje siringuero tan hostil, tan marcado por la muerte.

Personajes y ambiente

Intercalando como alimento la carne y la fruta, se tiene entonces a un
puñado de jóvenes cruceños colonizadores de fines del siglo XIX como personajes
de Siringa. La combinación de estas viandas resulta entonces en la ambición de
conquista de ese «Paitití vegetal”, pero también en la necesidad de darle
una expresión, hacerle su copla, escribir su libro. Estas dos inclinaciones
resumen el carácter del grupo de jóvenes aventureros que parten de Santa Cruz
hacia la Amazonia boliviana. 

Como se dijo, la urgencia de expresividad comienza como un conflicto que se
refleja en las diferentes maneras de encarar el relato: el narrador no podrá
comunicarse con esta naturaleza selvática desbocada de calamidades climáticas,
de enfermedades intratables,  etc.

La naturaleza de Mojos es pintada como una fuerza misteriosa y terrible que
destruye la vida. El narrador no puede comunicarse con ella, solo puede sentir
pavor ante esas enormes masas de agua que serpentean el Beni: «Sobre aquel
océano-fantasma, ausentes de todo paisaje, yacíamos como agobiados por algo
oscuro y terrible que se cernía en nuestras vidas…”

Muchas veces se caracteriza a la naturaleza amazónica como algo proveniente
del mal y la irracionalidad. «Océano-fantasma”, «vórtice bravío”,
«ceguera cósmica”, «siniestro bosque” son algunos de los sustantivos
con que el narrador designa esa fuerza absolutamente ajena a su comprensión,
son los sustantivos que recuerdan a ese «espíritu del mal” que hace
trastabillar la expresividad en la cita de Lezama.

Varios de los personajes que avanzan en pos del «oro negro” mueren en
el camino, pero en cada pascana aparecen las guitarras y comienzan las coplas.

La Siringa es sintetizada por la contradicción: por un lado la riqueza, por
el otro la muerte. Otra vez la muerte: «El mito de la Siringa era el mito
de la dicha: cambalache arriesgado de temeridades y de miserias por un puñado
de oro… ¡Lo de siempre en la humana historia!”.

Ese paisaje brinda las riquezas inimaginables de la goma; el precio, la
vida. Las cuarentenas de los enfermos de viruela, lepra, paludismo, malaria,
beriberi, espundia, etcétera, etcétera, son descritas al detalle de lo
monstruoso, infecto en todo aspecto. Los seres humanos se degradan:
«Cuando se contagiaban las mujeres, el cuadro era ya insufrible: juntos en
el mismo camastro o tirados por el suelo sobre un cuero de vaca, maridos y mujeres
en promiscuidad, taladraban con su quejumbre la noche densa y lóbrega.”

Los viajeros pasan adelante para enrolarse en alguna de las actividades de
la cadena de producción de la goma y la imposibilidad de diálogo con el paisaje
y el signo de la muerte persisten hasta que -finalizando el libro- reciben una
llamada que cambia toda su perspectiva y hace posible, de alguna manera, la
materialización de la expresión de ese paisaje en relato.

Lucio Pérez Velasco los manda a regresar a Villa Bella para que los
protagonistas se hagan cargo de la imprenta que había decidido instalar para
fundar un periódico que sea «la voz de los siringueros”.

No hay contrastes, se trata justamente de dar expresión, con la imprenta, a
esa tierra. Es entonces cuando el diálogo con la Siringa se hace posible y se
cierra el signo de la muerte: «Los cabañales, por ambas márgenes del río,
se mostraban empenachados con el humo del hogar y, desde el fondo del bosque
lejano, nos era devuelta por un eco multiplicado la palabra de nuestro grito.”

Sólo a partir de este momento es que el narrador logra sumergirse y dar
expresión a la imago de la selva con que ahora dialoga. La «problemática
americana” se resuelve, el narrador «saca el jugo de sus circunstancias” y
las vuelve ese fruto que ahora digiere en copla narrativa.

Cómo leerla

Siringa se presentó el 30 de junio junto a Arreando desde Mojos de Rodolfo
Pinto en Trinidad

Puede ser descargado gratuitamente en
http://www.bbb.gob.bo/publicaciones/siringa-memorias-colonizador-del-beni-arreando-desde-mojos/

Puede ser adquirido en la librería de la Biblioteca del Bicentenario de
Bolivia en Capitán Ravelo #2445, entre Puente de las Américas y Belisario
Salinas.

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