Aspectos emotivos de los protagonistas del cerco a La Paz en “La lanza capitana”

Felipe Cori Tambo

Educador
y egresado de Sociología

La Lanza Capitana es
una obra teatral escrita por Raúl Botelho Gosalvez. La mencionada obra, primer
premio nacional de teatro en 1961, fue publicada en 1967 por la Honorable
Municipalidad de La Paz. El título que lleva no es apropiado, porque nadie podría
imaginar que se trata de una recreación literaria sobre el cerco a Nuestra
Señora de La Paz, encabezado por Tupac Katari en 1781.

La pieza
teatral consta de dos actos, y ambos están constituidos por dos cuadros con sus
respectivas escenas. En el reparto participan soldados españoles, un voluntario
criollo, un fraile franciscano, un mensajero, un escribiente, un ayudante militar,
un carcelero, un obispo, oficiales españoles, Brigadier Segurola, Tupaj Katari,
General Apaza, Atauchi y Muyupuraca.

En el primer
acto, las escenas se desarrollan en una barricada ocupado por los soldados
españoles, que están en situación de defensa ante el asedio de los dirigidos por
Tupaj Katari. Los diálogos giran en torno al cerco realizado por los indígenas
en contra de los españoles, ese hecho va debilitando la obediencia que tenían
los indios a los opresores peninsulares, al respecto un soldado español dice:
“¿No te das cuenta de que la sumisión del indio está casi destruida?”. Sin
duda, con la sublevación y el cerco, lo que se produce es una fractura del
sometimiento, ya que los explotados con esos actos cuestionan a sus opresores
sobre su estado de servidumbre. La desobediencia por parte de los indios y el
miedo en ambos bandos comienza a imperar.

Por el lado de
los soldados españoles, el miedo a ser victimados por los indios y, en
específico, por su líder Katari es expresado por un soldado en estos términos: “Si
no afloja nos estrangulará a todos…”. El terror a morir en manos de los
sublevados cunde entre los españoles y los criollos; además iba corroyendo los
ánimos de valentía en algunos, tal como un soldado expresa a su camarada: “El
miedo, colmando el borde, le ha poseído, lo rebosa y llena; contamina a quienes
no son cobardes ni temen al indio”.

Por otra
parte, los soldados españoles al referirse a Bartolina Sisa, esposa de Katari, utilizan
expresiones denigrantes como estas: “Es una ramera, una miserable ramera que la
toma quien la busca”. Aquella afirmación, no es más que una declaración a
partir de la realidad social de los soldados, ya que la prostitución era muy
común en la sociedad española. En ese marco, los españoles piensan, sin
distinción alguna, que todos eran de su misma condición.

No sólo los
soldados españoles tenían opiniones subjetivas, sino también los criollos. Un
criollo voluntario al referirse a los insurrectos, describe: “En torno a sus
hogueras entonan cantos de guerra, se embriagan con chicha y danzan”. Esa aseveración
parece tener un tinte especulativo, en la medida en que en una batalla o en una
sublevación nadie se da el lujo de estar libando o divirtiéndose, porque dichos
actos serían una gran ventaja para el enemigo. Lo que más prevalece cuando hay
este tipo de confrontaciones es una constante alerta y reuniones para
planificar y tomar decisiones. Además, si los sublevados hubieran estado en
momentos de alborozo, la guarnición española no hubiera dudado en atacar.

La defensa y la
batalla que debían librar los españoles cercados, al parecer sólo estarían
garantizados por los miembros del ejército; la participación de los civiles
estaba en duda. Aquello hace entrever esta afirmación: “¿Los paisanos? ¡Puah!
Valiente atajo de burgueses blanduzcos y presumidos. Cuando la marea de indios
se ponga en marcha a una orden de Tupaj Katari, no vendrán a ocupar sus
puestos. ¡Juraría que no abandonarán sus camas! Allí morirán atravesados por
las lanzas indias, sorprendidos”.   

Antes de
finalizar el primer acto, Bartolina Sisa es capturada por los españoles, no precisamente
en primera instancia para que sea procesada y ejecutada, sino para obtener
información sobre la sublevación, utilizando para ese fin una serie de castigos
físicos sin ningún tipo de resultado tal como expresa, en el segundo acto, un
escribiente: “Parece que le dieron tormento y amenazaron con la muerte si no
revelaba los planes de su marido…pero fue en vano”. Por lo afirmado, se deduce
que la lideresa Bartolina antes de cometer el acto de traición, como esperaban
los españoles, prefirió mil veces mantener su lealtad a la causa indígena. Actitud,
por cierto, descollante en la gran y valerosa mujer indígena.

En el segundo
acto, el brigadier Segurola devela las debilidades de los sublevados:” Los
indios carecen de armas de fuego, tampoco tiene caballería”, más adelante
continua: “Tupaj Katari ha creado una moral bélica, pero no pudo crear un
verdadero ejército, pues desconocen toda disciplina militar”. Esa desventaja
real que tenían los indígenas, no fue un impedimento para levantarse contra el
yugo español que planificaba y ejecutaba una serie de injusticias, abusos y
exacciones al margen de las cédulas y ordenanzas reales de la corona española.

Tupaj Katari,
estando encarcelado después de su captura debido a la traición de Tomás Inca
Lipe, es obligado a confesarse ante el cura, quien le conmina diciendo: “Debes
arrepentirte de lo que has hecho y de lo que dices. Póstrate de hinojos, hunde
la frente en el polvo y pide perdón a Dios por tus pecados”. Katari ante esa presión
intimidatoria se rehúsa, porque creía que Dios era un aliado de los opresores
que no cumplían sus mandatos, al respecto dice: “Viajé por la ancha tierra y en
todas partes vi pisoteada la palabra Cristo, por los mismos que la invocaban
para justificar sus desenfrenos”. El caudillo aymara indirectamente estaba cuestionando
si las acciones inhumanas, en contra de los indígenas por parte de los
creyentes, eran justas ante los ojos de Dios, como así lo creían los españoles.

En conclusión,
en la obra teatral titulada La Lanza Capitana,
se va recreando las actitudes emotivas de los protagonistas del cerco histórico
de Nuestra Señora de La Paz, que no son descritas en los libros de historia;
contrariamente, las obras literarias explotan con más propiedad los estados
anímicos de los personajes.  

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