La mirada del Illimani

Por Pablo Cingolani, escritor argentino

Es un día cualquiera. Son casi las ocho de la mañana. Miras al Illimani por la ventanilla del avión que está volando a 32 mil pies de altura. Mientras los asistentes de vuelo, se afanan por repartir cosas para comer y beber, vos seguís mirando. La imagen es tan impactante que no podés dejar de mirar. Entonces sucede algo inesperado: sentís que el Illimani, sentís que la montaña, también te empieza a mirar, sentís que la montaña te está mirando.

Tu cuerpo se estremece entero. Debajo de ti, está todo el
cerro. Debajo de ti, está todo lo que el cerro encierra, está todo lo que la montaña
atesora para brindártelo, así, de repente, en una mirada.

Pero no es cualquier mirada: es una visión que incluye
todo lo que puedas definir como arte, todo lo que puedas comprender como
estética, todo lo que puedas absorber como espiritual, todo lo que está y se
está y delimita la realidad, una realidad: la más certera y descarnada de
todas, la que te procura el sobrevuelo de una mole de piedra colosal, que está
ahí y que te está mirando.

La mirada del Illimani es tan fuerte y tan conmovedora que
sólo dejando que te penetre y te guíe vas entendiendo las recompensas que te
brinda.

Sin dejar lugar a nada más, suspende todas tus dudas,
precipitando la abolición de los miedos, de las culpas, de las sin razones.

Allí, en el ojo palpitante de la montaña, es tal la
concentración inusitada de belleza, de poder, de fuerza, de un sentido que
ilumine esa hermosura y ese ardor, que sientes cómo los dolores se exilian,
cómo no quedan rastros de desamparo, cómo todo sucede y se sucede de una manera
tan sabia, tan potente, tan sanadora, tan irrepetible, que te sacude tanto, que
te conmueve tanto, que buscas, a través de la fotografía, que el momento, la
circunstancia, el estremecimiento, continúe y perviva.

Es la eternidad momentánea, es el llamado de lo inmortal,
es lo que nunca puede olvidarse, lo que no se rendirá jamás, lo que clama y te
dicta la perpetua mirada de la montaña.

Cuando el vuelo prosigue y vas saliendo del
ensimismamiento, de la atrapante imantación que has experimentado, y quieres
empezar a asir la vivencia con algún lazo que la vuelva más plena aún, vas
hacia otro origen, otro cauce, otro espejo que refleje la misma situación, vas
y acudes a otro principio y te acuerdas de algunas de las primeras palabras que
los hombres recuerdan, que los hombres siguen recordando, y te acuerdas de
Heráclito.

Muerto de frío, calentándose con los leños ardiendo de
una cocina, unos hombres lo vieron y se asombraron. El los llamó y les dijo:
entren, que también aquí están los dioses. Entren, vengan, hermanos, que los
dioses están en todos lados.

Sentí lo mismo que el heleno: desde la cabina del avión,
entre las montañas desnudas, entre las nieves que fulguran, en el viento helado
de las cumbres, también estaban los dioses.

En la mirada del Illimani, estaban los dioses, en el
Illimani, Tata Illimani, están los dioses, el aliento y el espíritu de los
dioses, imantándonos, compartiéndonos su majestad y su grandeza, volviendo a la
realidad, la más real de todas, magia pura.

Río Abajo, 2 de septiembre de 2018

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