La poesía de los pueblos

Por Pablo Cingolani

Francisco no deja de conmover.

Con mucha convicción e igual sinceridad, creo que, al Papa, a lo que dice el Papa, hay que dejarlo entrar por la piel y por el corazón, y que te oxigene, te limpie el alma.

Alguien dirá: son solo palabras. Y sí, son sólo palabras, pero hace tanto tiempo que no se escuchan dichas con tanto fervor, con tanta humildad, con tanta nobleza, que emociona sentir que, al fin, las palabras sirvan para algo.

Para inspirar.

Para agregar coraje.

Para ilusionarse con otro mundo posible.

Escribo todo esto a propósito de las palabras de Francisco inaugurando el sínodo amazónico en el mismísimo Vaticano.
Si lees el discurso de circunstancia, si lo lees con mente abierta –si no es así, ¿para qué lees? – podrás advertir una cosa: cada palabra tiene sentido, cada palabra te amarra o te cuestiona, cada palabra se enciende, brilla. Cada palabra se siente, cada palabra puede ser pensada –como propuesta, como crítica, como autocrítica, como síntesis, como desafío.

Lean.

Sientan.

Termina sus palabras, tras una sacada de mierda a las participantes del propio sínodo, diciendo: “por favor, no perdamos el sentido del humor”.

Por-favor-no-perdamos-el-sentido-del-humor.

¿Ustedes se imaginan a cualquier otro líder mundial –el Papa lo es, su huella es infinita- diciendo eso?

No es chiste: en este mundo crispado, previsible en su crispación y su fatalismo, el mundo de Donald T. y de Bolsonaro, que el Papa de la Cristiandad, el Papa de los tiempos actuales, pida por favor que no perdamos el sentido del humor… ¡Dios mío! ¡Bendito seas hermano Francisco! ¡Me alegra el alma!

Contra todo el dramatismo de los escépticos, de los que no creen ni en su propia sombra, contra los que odian, contra los no son ni capaces de mirarse en el espejo, viene el Papa, un tipo de ochenta pirulos largos, un tipo que simbólicamente carga la misma Cruz que Lo martirizó, y te dice eso…
Segundos o terceros afuera… ¿Sabés porque lo dice? Es porque Pancho está cuarenta días adelante de todos nosotros, cuarenta días adelante de esa medianía aburrida de la política, de la democracia, de ese día a día sin fasto que nos convoca pero que no nos conmueve (o no nos conmueve tanto como nos conmueve el hombre) y eso, digo yo, es por un solo motivo: el hombre, Pancho, el Papa Francisco, ya cruzó el desierto.

Y lo cruzó de la mano del pueblo.

Y el que camina con el pueblo, no se pierde. Y el que camina con el pueblo, si además es un poeta –el último poeta: el Papa Francisco, ¡qué título tentador! – lanza al ruedo, al aire, a la conciencia, al sentido común, a las tripas, a la sangre, bellas palabras, buenas palabras, palabras que curan, palabras que sanan, palabras más valiosas que un cofre de diamantes o que toda una puta biblioteca.
Es que son palabras vivas, vitalistas, palabras que laten, que te laten, que te atrapan, que te atraen, que te iluminan.
Para dejar claro que es lo que incita y subleva de las palabras de Francisco, el mismo lo dice en su discurso del sínodo por la Amazonía: es la defensa de la poesía de los pueblos.
Lo dice así: “se nos pide una contemplación de los pueblos, una capacidad de admiración, que hagan nacer un pensamiento paradigmático. Si alguno viene con intenciones pragmáticas rece el “yo pecador”, se convierta y abra el corazón hacia una perspectiva paradigmática que nace de la realidad de los pueblos. No hemos venido aquí a inventar programas de desarrollo social o de custodia de culturas, de tipo museo, o de acciones pastorales con el mismo estilo no contemplativo con el que se están llevando adelante las acciones de signo contrario: deforestación, uniformización, explotación, ellos también hacen programas que no respetan la poesía, la realidad de los pueblos que es soberana. También tenemos que cuidarnos de la mundanidad en el modo de exigir puntos de vista, cambios en la organización, la mundanidad se infiltra siempre y nos hace alejar de la poesía de los pueblos. Venimos a contemplar, a comprender, a servir a los pueblos”. [1]

La poesía de los pueblos es soberana. ¿Qué más decir frente a esta verdad que refleja y rebela? Nada. Mis respetos, señor Papa. Me oxigena. Me limpia el alma. Siempre es lo mismo, nena: es la Larga Marcha de los Pueblos hacia la dignidad, el respeto y la fraternidad universales: ayer fue Mao,[2] hoy es el Papa.

[1] Papa Francesco: Discorso all’apertura del Sinodo dei Vescovi per l’Amazzonia. Tomado de: http://www.sinodoamazonico.va/content/sinodoamazonico/es/noticias/papa-francesco–discorso-all-apertura-del-sinodo-dei-vescovi-per.html. Las huellas que recoge el discurso pueden rastrearse en múltiples direcciones. Yo anotaré dos, muy íntimas: Simón Rodríguez y Ezra Pound.

[2] La poesía de los pueblos (2)

En sus Antimemorias, Malraux cuenta que Mao le contó que la revolución se arraigó en su corazón cuando advirtió que el pueblo se comía los árboles, se comía la corteza de los árboles, porque no tenía otra cosa que comer. Puede sonar a metáfora en la pluma del que fue ministro de educación de De Gaulle. Era la pura verdad: desilusionado del partido, Mao vuelve a su pueblo natal, en el sureño Hunan, y vuelve a ver, como en su niñez, que los campesinos seguían cagados de hambre, seguían comiéndose a los árboles. Se subleva y escribe Análisis de las clases en la sociedad China (1926) y el Informe sobre una investigación del movimiento campesino de Hunan (1927), donde proclamó que, sin los campesinos, no habría revolución. Ese mismo año, comienzan las guerrillas para hacer la revolución “del campo a la ciudad”. La Larga Marcha fue un movimiento táctico defensivo frente a las sucesivas campañas de cerco y aniquilamiento. En 1949, estos días, pero hace setenta años, el Ejército Popular, encabezado por Mao, tomaba el poder. La primera revolución campesina socialista del mundo había triunfado. Todo es posible.

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